lunes, 3 de julio de 2006

El dentista


Bien podría tratarse del título de una película de terror gore, pero no, simplemente significa que hoy he tenido cita con mi dentista y que estoy bastante contenta (quién me lo iba a decir). No conozco a nadie que disfrute yendo al dentista pero en mi caso, aún sin disfrutar propiamente de la visita como tal, esta cita significa un paso adelante o atrás en la mejora de mis encías. En este caso el paso parece que ha sido hacia adelante y la cirugía se aleja de los planteamientos de mis dentistas (porque tengo varios, que os pensabais).

Pero como todo en la vida cuesta, esta mejora no es gratuita. Aparte de los 76 € de la consulta (de mayor quiero un marido dentista), llevo más de un año haciendo un masaje de encías durante 20 minutos cada día, cepillándome concienzudamente después de cada comida, usando cepillos interdentales y enjuague durante dos minutos cada noche. A veces llega a ser incluso entretenido; otras veces te cagas en la familia del dentista :D

Y como casi todos tenemos anécdotas infantiles de dentistas, os cuento la mía. Aparte de que mi dentista oficial era mi abuela materna, que enrollaba un hilo alrededor del diente a extraer y decía: "a ver si se mueve un poco..." y del tirón que te daba no te enterabas si te había quitado el diente o es que se había soltado el hilo, cuando yo tenía unos siete u ocho años, los dientes definitivos me estaban saliendo por encima de los de leche, sin que éstos últimos mostraran el más mínimo indicio de querer desaparecer de mi boca. Mis padres me llevaron al dentista del centro de salud de turno para ver qué era conveniente hacer. Me embaucaron con golosinas y tebeos y me estuve quietecita hasta que me sentaron en el sillón de tortura. El dentista era clavadito a Albert Einstein, os lo juro, con el pelo blanco alborotado, un bigotazo descuidado y tendría ya edad casi para jubilarse. Echó un vistazo rápido a mis encías infantiles, sacó de un cajón las tenazas más grandes que yo había visto jamás, que se asemejaban más a unas tijeras de podar que a un instrumento médico, y me dijo sin el más mínimo tacto: "acabamos enseguida; abre la boca". "Ni de coña" pensé yo para mis adentros. Apreté los labios con fuerza y me enfurruñé toda, mientras mis padres me agarraban las manos para que no me tapara la cara y la enfermera intentaba separarme la mandíbula. Lloré y lloré, pero salí de allí con todos mis dientes de leche y un cabreo monumental del dentista y de mis padres, que me quitaron los tebeos y las golosinas (Super Nanny estaría de acuerdo, sin duda...). En los días siguientes fue mi abuela la encargada de eliminar los dientes de leche de mi vida sin tanta tenaza y tanta pamplina.

Me permito un consejito: cepillaos bien los dientes después de cada comida! Ni os imaginais la de vida que añadireis a vuestra dentadura y lo felices que os sentireis al sonreir :)

1 comentario:

  1. non sei que che fará a ti o dentista, porque tes uns dentes estupendo, alicerces, todo sexa dito, dun estupendo sorriso... a miña, xa non sei a cantas, ao longo da miña vida lles levo pagando as vacacións a acapulco, ten medio renunciado. disque se fumo e tomo café, que mellor me vaia pasear... ejem. tento cambiar, téntoo, pero o destino pode máis ca min! bicos e alédame saber que o encontro foi tan positivo!

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