
Los ingredientes que figuran en el libro son 350 gr. de harina de fuerza blanca (yo no tenía tanta, así que puse unos 200 gr. y el resto utilicé harina de trigo normal), 225 gr. de harina de centeno (la mía era de centeno integral), 25 gr. de mantequilla a dados (yo puse aceite de oliva), 2 cucharaditas de sal, un sobre de levadura seca de panadería, 150 ml. de leche templada (desnatada en mi caso), 150 ml. de agua templada y 1 cucharada de melaza negra (como no tenía, usé miel). No sé si estos cambios afectaron demasiado al pan, pero a mí me pareció que el resultado fue más que aceptable.
Para la preparación seguí las instrucciones del libro, aunque básicamente todas las masas se hacen de forma similar, mezclando primero las harinas y demás ingredientes secos y posteriormente añadiendo poco a poco los líquidos tibios. Se amasa durante un rato y se pone en un recipiente tapado con un paño hasta que doble su volumen. Pasado ese tiempo se amasa de nuevo y se deja levar una segunda vez, aunque en esta ocasión el segundo levado de mi pan fue más bien cortito porque tenía prisa... jeje (es que ya era casi la hora de comer :P).
Se precalienta el horno a unos 220º. Yo puse la masa en un molde metálico redondo, de los desmontables, ligeramente engrasado con aceite de oliva, le hice unos cortes en forma de enrejado y espolvoreé por encima un poco de harina y copos de avena. La cocción depende de cada horno, pero en mi caso lo tuve unos 30 minutos (los últimos cinco tapando la superficie con papel de aluminio por miedo a que se tostara demasiado). El problema de mi horno es que por fuera tuesta enseguida y por dentro no cuece lo suficiente, por lo que este pan quizás hubiera necesitado cinco minutos más de cocción. A pesar de eso, estaba bueno de sabor y no hubo ninguna queja al servirlo.
