domingo, 20 de enero de 2019

Oporto - Lisboa (III)

Intercidades Porto-Lisboa
Siguiendo nuestros planes trazados desde España, habíamos comprado por internet y con unos días de antelación los billetes para viajar en tren de Porto a Lisboa en la mañana del lunes. La compañía ferroviaria que opera en Portugal se llama Comboios de Portugal y cubre todo el país con trayectos regionales e incluso tiene varios por acuerdo con RENFE para unir sus ciudades con otras españolas, como era el caso de la ruta Vigo – Porto que había realizado mi familia el sábado anterior. 

Para viajar de Porto a Lisboa hay tres opciones diferentes, que se distinguen básicamente por el tipo de tren, la duración del viaje y el importe del mismo. La elección más lujosa es un AlfaPendular (AP), un tren aerodinámico que une ambas ciudades en unas 2,30 h. y cuesta alrededor de 30 euros (45 € si decides viajar en primera clase con más comodidades). Por 5 euros menos está disponible la línea Intercidades (IC), que tarda 3 horas en realizar el trayecto. Si vuestro presupuesto es más ajustado, podéis coger un billete en el Regional, que tarda 3 horas y media y tiene menos prestaciones pero cuesta unos 20 euros. La empresa tiene descuentos por viajes de ida y vuelta y ofertas especiales en trenes concretos, a veces de hasta el 50% de descuento sobre el precio normal.

Nosotros escogimos la opción intermedia, un Intercidades que nos costó 24,90 € por el trayecto sólo de ida. Los vagones de 2ª clase suelen ir bastante llenos, por lo que no es mala idea comprar los billetes con antelación. Es necesario registrarse en la web de CP (Comboios de Portugal) para poder efectuar la compra, pero te envían un correo electrónico con el billete virtual y ya no necesitas hacer ninguna otra gestión salvo subirte al vagón y encontrar tu asiento numerado. El revisor pasará en algún momento del viaje para comprobar tu billete, que le puedes mostrar impreso o directamente en dispositivo móvil.

Estación de Santarém
El viaje es bastante cómodo, la verdad, a pesar de la duración. El tren hace paradas de un par de minutos en algunas estaciones por el camino, aunque se puede ver más bien poco de los pueblos por los que pasa. Los anuncios de las paradas se hacen por megafonía y los vagones disponen de Wi-Fi gratuita, aunque como era de esperar iba bastante mal.


Llegamos a Lisboa a la hora prevista a pesar de haber salido de la estación de Porto-Campanhã con unos 20 minutos de retraso. En Santa Apolonia, estación de destino lisboeta, buscamos la oficina de turismo para adquirir nuestra Lisboa Card, la tarjeta de transporte y visita a monumentos que habíamos decidido usar durante nuestra estancia en la capital portuguesa, hermana de la LondonPass que ya habíamos utilizado en Londres. Cuál fue nuestra sorpresa al comprobar que la oficina de turismo tiene un horario de 7.30 h a 9.30 h. AM. En efecto, dos horas de atención al público cada día. Estupefactos, compartimos nuestra estupefacción con otra española que acababa de llegar y tenía las mismas intenciones que nosotros de comprar la Lisboa Card allí. 

Un poco mosqueados por esa primera impresión emprendimos el camino a pie hacia la siguiente oficina de turismo operativa, situada en la Plaça do Comercio, a un kilómetro aproximadamente de distancia. El paseo por la zona baja de Alfama hubiera sido agradable si no fuera porque eran las 2 de la tarde, había 30 grados de temperatura con un sol de justicia y arrastrábamos nuestras maletas de mano por las aceras de adoquines con un ruido y una incomodidad bastante poco soportables. Por suerte, habíamos decidido comer algo en la última hora de estancia en el tren, así que lo que más nos urgía era comprar la tarjeta para poder acceder al transporte y llegar al hotel para deshacernos de todo el equipaje y quitarnos los sudores del viaje.

Alcanzado nuestro destino de la oficina de turismo, compramos por fin las tarjetas (40 euros por persona para tres días) y cogimos el metro más cercano para llegar a nuestro hotel, el Alif Avenidas, situado también en una zona un poco alejada del centro pero con muy buen acceso por transporte público. Una vez en el hotel, pagamos la reserva, tomamos posesión de nuestro cuarto y nos dispusimos a descansar unos minutos antes de retomar el calor portugués de septiembre.
 
Elevador de Santa Justa
Nuestros primeros pasos en Lisboa nos llevaron a la zona de Baixa-Chiado. Casi sin darnos cuenta, nos encontramos de frente con el Elevador de Santa Justa, en el que unas 80 personas hacían cola para subir. Ni siquiera nos planteamos esperar, así que hicimos un par de fotos y continuamos nuestro paseo por el barrio, atestado de turistas.

Volvimos a desembocar en la impresionante Praça do Comercio y, aunque ya habíamos estrenado nuestras Lisboa Card con el metro, aprovechamos para subir al Arco Monumental da Rúa Augusta, una construcción situada al principio de la plaza que estaba incluida en las entradas gratuitas de la tarjeta, más que nada por rentabilizar el poco tiempo que quedaba ya para encontrar algún monumento abierto al público.
 
Arco Monumental da Rúa Augusta
Desde lo alto del Arco da Rúa Augusta se puede ver una panorámica de 360º de la ciudad, con amplias vistas al Tajo y por el otro lado a la eterna Lisboa. Sin duda, el mayor atractivo de la capital portuguesa son precisamente esas vistas, esos miradores que desde cualquier alto espían las enlosadas calles y ofrecen una composición de tejados y fachadas multicolores bastante fotogénica.
 
Vista de la Rúa Augusta desde el Arco
Vista a la izquierda desde Arco da Rúa Augusta
Praça do Comérçio desde Arco da Rúa Augusta
Vista a la derecha desde Arco da Rúa Augusta
En la Praça do Comérçio estaban preparando un escenario para algún evento, que ocupaba gran parte del centro con andamios y plataformas, pero que aún así deja ver la majestuosidad de una de las plazas más significativas de Lisboa, punto neurálgico de la ciudad. La terraza del Arco da Rúa Augusta está coronada por estatuas representativas de las hazañas portuguesas allende los mares, algo de lo que los lusos están especialmente orgullosos y representan en varios de sus monumentos.

Estatuas alto Arco da Rúa Augusta
Tras esa visita y continuando nuestro paseo acabamos desembocando en la Catedral de Lisboa, conocida también como Santa María Maior de Lisboa. No es un edificio espectacular, pero encaja bien en el panorama lisboense. La construcción de esta catedral se inició en el año 1147 pero a lo largo de los siglos sufrió varias remodelaciones, en parte debido a los daños causados por los terremotos que afectaron en varias ocasiones y con gran violencia a la capital portuguesa. Este templo católico tampoco alberga en su interior grandes tesoros artísticos pero la entrada es gratuita y se puede visitar en unos pocos minutos.

Sé de Lisboa
Interior Catedral de Lisboa
Al salir retomamos nuestra toma de contacto vespertina con el barrio de La Baixa, dirigiéndonos hacia otra de las plazas emblemáticas de la zona, la Praça da Figueira, con la estatua ecuestre del Rey Dom João I. Esta zona tiene el aliciente de contar con numerosos establecimientos comerciales, cafeterías, restaurantes y hoteles en los alrededores, por lo que suele estar siempre muy concurrida. También se encuentra en la plaza la famosa Confeitaría Nacional, la pastelería más antigua de Lisboa, que lleva casi 2 siglos en manos de la misma familia elaborando recetas tradicionales de la repostería portuguesa.

Estatua ecuestre Dom João I, Praça da Figueira
Confeitaría Nacional, en Praça da Figueira
En los aledaños hay también varios teatros, el más importante el Teatro Nacional Doña María II, situado ya en la Praça de D. Pedro IV. La estación de Rossio tiene su ubicación también en una de las calles paralelelas. Inaugurada en 1891 y en funcionamiento desde entonces, es uno de los edificios más destacados de la zona, de estilo manuelino (típico portugués). En esa estación, situada en pleno centro, desembarca también la línea ferroviaria de Sintra, por lo que es una de las más activas de la ciudad. 

Teatro Nacional Doña María II, Praça D. Pedro IV
Estación de Rossio
Como ya estábamos un poco saturados de la gran cantidad de turistas que había por el centro, decidimos acercarnos un poco más a la zona de nuestro hotel y cenar en algún sitio más tranquilo. Exseminarista Ye-ye localizó una pequeña tasca a unas cuantas calles que nos ofrecía todo lo necesario para hacernos felices esa noche: comida casera y barata. Para él, que es fumador, tenía el aliciente añadido de que en el local se permitía fumar por lo que, aunque respetó estrictamente el tiempo de la cena, no pudo resistirse al placer de un cigarrillo después de comer sin tener que salir a la calle.

Homenaje al Fado, Estación Rossio

*** (Continuará...)
 
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