jueves, 21 de enero de 2016

Madrid (IV)

Ministerio de Agricultura
Hola queridos lectores lillusianos! Os sitúo: cuarto día de nuestro periplo madrileño de julio de 2015. Vale, voy con un poco de retraso en la crónica pero tengo intención de terminar la serie antes de que pase un año completo desde el viaje. Como veis, mis propósitos de año nuevo tampoco son demasiado ambiciosos.

Nuestro primer destino de esa jornada era CaixaForum, donde había un par de exposiciones interesantes, ambas gratuitas para los clientes de La Caixa y con un coste de 4 € para los no clientes. La primera versaba sobre el arte Mochica peruano, una cultura anterior a la Inca. Allí se exponía una selección de máscaras y objetos utilizados por esa civilización en rituales funerarios, ofrendas guerreras o ritos de fertilidad. La muestra recogía más de 200 piezas de arte pre-colombino procedentes del Museo Larco de Lima (Perú). 

Máscara Ai Apaec Mochica, CaixaForum
En la segunda exposición, bajo el nombre de "Animales y Faraones", se mostraban diversas piezas referidas al universo animal del Antiguo Egipto. Tapices, esculturas y objetos funerarios de toda condición mostraban una adoración extraordinaria a ciertos animales como los gatos o determinadas aves. La mayoría de las obras procedían del Museo del Louvre y no estaba permitido tomar fotografías de las mismas. Esta exposición me resultó mucho más vistosa e interesante que la anterior, a pesar de que había un grupo de visitantes ruidosos que nos dificultó bastante la visita.

Como el buen tiempo (y la ola de calor) seguían acompañándonos en nuestro viaje, continuamos la mañana con un largo paseo por el Parque del Retiro. Digamos que como zona verde tampoco es nada espectacular (su vegetación es un tanto monótona) pero algo así en pleno centro de la ciudad ayuda mucho a oxigenar cuerpo y mente. Arquitectónicamente hablando posee algunas piezas muy interesantes, fuentes y esculturas de los siglos XVIII y XIX que se conservan muy bien y le dan al parque un toque señorial muy del estilo del Madrid más clásico. Además, los lagos y estanques ayudan a refrescar el árido ambiente veraniego, cosa que se agradece mucho.

El Retiro
Autofoto Parque del Retiro

Dentro del parque se encuentra el Palacio de Cristal, una construcción de 1887 que alberga normalmente exposiciones de arte contemporáneo, gestionadas en su mayoría por el Museo Reina Sofía. En este caso, el edificio acogía el proyecto "Tuiza. Las culturas de la jaima", una composición de Federico Guzmán que convirtió el Palacio de Cristal en una enorme jaima árabe repleta de colores.

Palacio de Cristal, El Retiro
"Tuiza. Las culturas de la jaima". Palacio de Cristal
Vistas de El Retiro desde el Palacio de Cristal
Construido también en el interior del Retiro está el Palacio de Velázquez, que data de 1883 y tiene unos bonitos mosaicos de azulejos en sus paredes exteriores. Dentro había una exposición de Carl Andre titulada "Escultura como lugar, 1958-2010". La muestra en sí era más bien rarita, de esas que sólo los culturetas con gafas de pasta y cara de estreñidos cuando miran saben valorar. No era mi caso, así que la cosa me dejó más bien fría y la instalación no me aportó nada destacable salvo unas cuantas risas ahogadas en algunas salas mientras espiaba las reacciones de otros visitantes.

Fachada Palacio de Velázquez, El Retiro
"Escultura como lugar, 1958-2010". Palacio de Velázquez
Por último nos dirigimos hacia la zona del Estanque y el monumento a Alfonso XII, quizás la parte más conocida del Retiro por el alquiler de barcas para paseos. Una enorme columnata y varias esculturas rodean el monumento, que fue inaugurado en 1922 y financiado por las generosas aportaciones de los ciudadanos madrileños. En general El Retiro es un parque digno de ver por la majestuosidad de su arquitectura y su interés histórico dentro de la ciudad.

Monumento a Alfonso XII, El Retiro
Estanque, Parque del Retiro
Tras salir del parque nos dirigimos hacia el barrio de La Latina, donde comimos en Martina Cocina, un coqueto restaurante cercano al Rastro sugerido por Loque, acompañados por la propia Loque. El encuentro fue de lo más agradable y entretenido, degustando platos sencillos con toques vegetarianos y deliciosos dulces. El ambiente del restaurante, muy tranquilo y hogareño, no tenía nada que ver con nuestro siguiente destino, un poco más masificado: el Museo Reina Sofía.

Museo Reina Sofía
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía dispone de un horario de entrada gratuita de lunes a sábado entre las 19.00 y las 21.00, hora del cierre. Como en principio tampoco teníamos especial interés en muchas de las obras del museo, decidimos aprovechar esas dos horas para ir directos a exposiciones y salas puntuales. El primer problema, con el que no contábamos, fue que a esa hora ya no quedaban planos en español del museo (ni en inglés ni en ningún otro idioma descifrable). Al final encontramos uno abandonado en un banco, aunque tampoco nos ayudó demasiado a gestionar la visita. 

Lo primero que queríamos ver era, sin duda, el "Guernica" de Picasso. He de reconocer que me impresionó mucho más de lo que esperaba. Su grandiosidad y sus infinitos detalles me trasladaron totalmente a la época y situación que el genial artista quiso retratar en la obra. Me olvidé hasta de la posibilidad de hacer fotografías, que sí estaban permitidas en la mayoría de las salas, siempre sin flash, así que no pude guardar un documento gráfico de mi cercanía a ese cuadro.

Tras contemplar más obras de Pablo Picasso busqué los impresionistas que acoge el museo, que tampoco son muchos puesto que no es el tipo de arte en el que se centra el Reina Sofía. Muchas obras destacadas eran préstamos temporales del Kunstmuseum Basel, el Museo de Arte de Basilea (Suiza). En otras salas me llamaron la atención cuadros de Salvador Dalí, Óscar Domínguez o Miró, siempre teniendo en cuenta que mi gusto por el arte moderno es más bien limitado y suelo tender hacia visiones más clásicas del arte.

"Rostro del gran masturbador", Salvador Dalí, MRS
"Nafea faa ipoipo", Paul Gauguin, MRS
"Le Jardin de Daubigny", Vincent Van Gogh, MRS
El edificio acogía muchas colecciones y exposiciones temporales, entre ellas algunas de fotografía muy interesantes, centradas en la España de mitad del siglo pasado. Las típicas instalaciones y proyectos de corte más vanguardista no llamaron especialmente mi atención, como era de esperar. Aún así, eché de menos una visita más pausada, ordenada y con menos aglomeraciones, ya que muchísima gente accedió al museo al mismo tiempo que nosotros aprovechando la entrada libre y dificultaba bastante la movilidad y tranquilidad de la experiencia.

Instituto Cervantes
Por la noche nos esperaba una cena ligerita en un restaurante mexicano del mismo barrio donde nos alojábamos, el de las Letras, y un corto paseo antes de retirarnos a descansar por una zona que despertaba ya al ambiente nocturno del viernes noche.

* (Haz click en las fotos para ampliar)

** (Continuará...) 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Madrid (III)

Casa de Cervantes, Barrio de las Letras
Nuestra tercera jornada madrileña tenía en agenda el Museo Arqueológico Nacional (MAN), aunque por la mañana habíamos concertado también una visita guiada gratuita a la casa de Lope de Vega, situada a unos pocos metros de nuestro hostal. El Barrio de las Letras de Madrid se caracteriza por haber sido cuna de algunas de las más importantes figuras de la literatura española, sobre todo de los siglos XVI y XVII. Entre ellos, Miguel de Cervantes, Quevedo, Góngora o Lope de Vega, nacieron o vivieron en alguna de las casas de la zona. 

Calle Quevedo, Barrio de las Letras
La casa-museo Lope de Vega está situada en el número 11 de la calle Cervantes. La vivienda se construyó en 1578 y, a pesar de que en todo este tiempo sufrió varias transformaciones y reformas, se conserva muy bien y muchas de sus estancias siguen siendo fieles a la disposición original. La vivienda cuenta con algunos enseres también originales de la familia y otros que son réplicas de objetos que formaban parte de la vida diaria del escritor y dramaturgo. Por ejemplo, los volúmenes del despacho de Lope de Vega proceden de la Biblioteca Nacional, fondos que nunca pertenecieron al autor pero que son de la misma época y de temática muy similar a los libros que podía tener realmente el escritor en su librería privada.

Fachada Casa-Museo Lope de Vega, Barrio de las Letras
El interior de la casa sólo se puede contemplar en una visita guiada gratuita, para la que sólo es necesario pedir cita, preferentemente con antelación. La visita dura una media hora y el guía te pone en situación en cada estancia, contando detalles y curiosidades tanto de los objetos del cuarto como del día a día del escritor. Durante la visita se permite realizar fotos siempre que sean sin flash para no dañar el mobiliario. 
  
Interior casa-museo Lope de Vega
El edificio de una planta tiene también un patio interior de libre acceso para los visitantes, con un huerto donde se supone que Lope de Vega se sentaba a meditar sobre su vida y su obra (aunque su vida sentimental fue bastante agitada por lo que dicen, así que dudo que la meditara mucho, jeje). En general, la visita guiada a todas las estancias disponibles es muy interesante y recomendable sobre todo para los amantes de la literatura española del Siglo de Oro.

Huerto casa-museo Lope de Vega
Tras esa primera parada, continuamos la ruta hacia nuestro siguiente destino. En el camino pasamos de nuevo por Cibeles y atravesamos el Paseo de Recoletos. He de decir que, durante este viaje, muchas veces he tenido la sensación de estar jugando una partida al Monopoly... :P Pasamos por la Plaza de Colón y por delante del precioso edificio de la Biblioteca Nacional, aunque no teníamos previsto visitarlo en esta ocasión por falta de tiempo. 

Biblioteca Nacional
Museo Arqueológico Nacional, allá vamos!
En la misma manzana se encuentra el Museo Arqueológico Nacional (MAN). Decidimos almorzar temprano en la misma cafetería anexa al museo, tras ver los menús y los precios, nada que ver con la comida del Café Prado. Por unos 10 euros por persona, te sirven dos platos, bebida, pan y postre. Yo comí de primero una ensalada de pasta inmensa, que hubiera servido perfectamente como plato único, y después un pescado en salsa verde. Exseminarista ye-ye eligió gazpacho y pollo a la coca-cola. Mi postre fue una macedonia de frutas y para él un café. Todo estaba bastante bueno y el personal de la cafetería fue muy agradable. La cafetería también tiene acceso desde el exterior, así que no es necesario estar en el museo para tomarse algo en ella.

Kylix de Medellín, MAN
La entrada al MAN cuesta 3,00 €, que se pagan con mucho gusto después del sablazo de los demás museos madrileños. La visita se inicia con las típicas salas dedicadas al origen de las especies, la prehistoria, piedras, flechas, restos de alfarería y otras piezas por las que hicimos un recorrido más o menos rápido. Hemos visitado ya bastantes museos de historia y arqueológicos y en casi todos las primeras salas se centran en estos vestigios de la creación humana, muy similares de unos países a otros. 

Conjunto funerario Dama de Baza, MAN
Avanzamos por varios milenios y nos situamos en el primero a.C, una época más interesante para la historia de España y de donde proceden algunos de los hallazgos arqueológicos más importantes. En esa franja se sitúan piezas como el Sacerdote de Cádiz, la Dama de Baza o la Dama de Elche, estas últimas procedentes de enterramientos localizados en diferentes excavaciones arqueológicas en esas localidades.

Dama de Elche, MAN
La Dama de Elche, uno de los valores más importantes del MAN, sorprende por su buena conservación. El busto de piedra caliza tiene unas facciones dulces y bien pulidas a pesar de haber soportado varios milenios de sepultura. Tuvimos la suerte de que el día que visitamos el museo no había mucha afluencia de público (tampoco es de los museos más masificados de la ciudad) y pudimos contemplar la figura con bastante detenimiento y hacer fotos con calma y sin obstáculos humanos.

Estatuas romanas, MAN
Continuamos la visita por las demás salas, con las piezas recuperadas del monumento de Pozo Moro en el patio central del edificio, algunas estatuas de origen romano, mosaicos, artesonados y distintos tesoros nacionales. Entre ellos, el denominado tesoro de Guarrazar y el Bote de Zamora son algunos de los más destacados. Como todo museo arqueológico que se precie, también tiene su parte egipcia, con sarcófagos y homenajes funerarios, así como cerámicas griegas, armas y otros objetos de distintas civilizaciones que tocaron de una u otra forma la Península Ibérica.

Bote de Zamora, MAN
Sala restos románicos, MAN
Sarcófago sacerdote Amenenhap, MAN
En general, todas las piezas están maravillosamente conservadas y tratadas, bien dispuestas en cada una de las salas y con su correspondiente información en español e inglés. Cierto es que en algunas habitaciones la iluminación era tan tenue para no dañar los restos que casi no se podían apreciar los detalles, pero aún así, la experiencia en este museo fue totalmente satisfactoria.

Arca de caudales alemana, MAN
La tienda del MAN ofrece lo mismo que las de todos los museos, réplicas de objetos que allí se exhiben en forma de bolsas, calendarios, tazas, puzzles o láminas, todo a un precio excesivo. Lo único que decidimos comprar fue un imán de nevera con la silueta de la Dama de Elche, que nos costó 2,90 € y que adorna ya nuestro electrodoméstico al lado de los recuerdos de otros viajes.

Puerta de Alcalá
Tras pasarnos casi cuatro horas en el Museo Arqueológico, volvimos hacia el hostal por la calle Serrano, pasando por la Puerta de Alcalá y la calle del mismo nombre. En nuestro corto paseo de vuelta descubrimos las fachadas de edificios emblemáticos de la capital, como el Cuartel General de la Armada o el de la Bolsa de Madrid.  

Por la noche nos esperaba una agradable velada con unos amigos (que también son familia) en la Plaza Nelson Mandela, de nuevo en Lavapiés, probando las delicias de la comida senegalesa. 

Cuartel General de la Armada
* (Haz click en las fotos para ampliar) 

** (continuará...)

jueves, 22 de octubre de 2015

Madrid (II)

Monumento a Velázquez a la entrada del Museo del Prado
El segundo día en Madrid estaba destinado íntegramente al Museo del Prado. Nos habían dicho que la visita era larga y que necesitaríamos más de un día para verlo todo con detenimiento. La hora de apertura era a las 10.00, así que media hora antes nos situamos en una pequeña cola que ya estaba formada en las taquillas para aprovechar al máximo el tiempo que teníamos. 

La entrada normal cuesta 14,00 €, aunque también se puede adquirir el Abono Paseo del Arte para visitar los tres museos de la zona (Prado, Reina Sofía y Thyssen Bornemisza) por 25,60 euros. Como Exseminarista Ye-ye entraba gratis y tampoco teníamos muy claro si tendríamos tiempo suficiente para visitar los tres centros con detalle y amortizar así ese dinero, decidí comprar solamente la entrada del Prado.

Mi última visita al museo había sido cuando yo tenía 9 años, y por entonces me pasé la mitad del tiempo aburrida y cansada mientras mi madre contemplaba extasiada los cuadros (la otra mitad del tiempo la pasamos buscando a mi hermana, que se había perdido mezclada con una excursión de japoneses, pero eso es otra historia ;)) así que mis ganas de estar otra vez en el Prado eran enormes. Sin embargo, tengo que decir que, en general, me llevé una pequeña decepción.

En el interior del museo no se permiten fotografías, en ninguna sala, ni siquiera sin flash, así que este post estará pobremente ilustrado. La fachada principal del edificio estaba en obras, cubierta con una lona, y el exterior del museo tampoco ofrecía buenos planos para inmortalizar así que no gastamos mucha batería de móvil en ese sentido. Tampoco se permite entrar ningún tipo de bebida o comida, algo que me parece totalmente ilógico. Eso te obliga a consumir dentro del museo en la única cafetería-restaurante que existe, a precios desorbitados. En fin, políticas que no me gustan ni me parecen razonables pero que por desgracia te ves obligado a aceptar.

Monumento a Goya, exterior Museo del Prado
Al comienzo de la visita varios expertos te ofrecen la opción de una visita guiada por el museo, con una duración de alrededor de una hora, y en la que se va directamente a las obras más destacadas. Como a nosotros no nos interesaba ese tipo de visita nos hicimos con un plano del edificio y nos dirigimos hacia las primeras salas. El orden de las exposiciones es un poco anárquico. Aunque va por épocas (más o menos), se mezclan muchos autores y corrientes, algo que en algunos momentos descoloca bastante. Hay salas dedicadas exclusivamente a obras de determinados autores, mientras que otras muestran cómo estaba decorada una sala del Palacio Real, por ejemplo, en un momento cronológico concreto. Resulta un poco confuso. 

Otro de los puntos negativos del museo para nosotros fue la iluminación de los cuadros. Me parece increíble que en un centro de la categoría de El Prado, que constituye uno de los museos pictóricos más importantes del mundo, y en el que la entrada cuesta 14 euros, se permitan que en algunos lienzos haya reflejos procedentes de las ventanas y no se pueda ver bien la obra. Y no fue en uno ni en dos. En un principio pensé que podía ser algo puntual, relacionado sobre todo con mi limitada estatura (1.58 m.) pero a Exseminarista Ye-ye, desde su 1.88 m., le ocurría exactamente lo mismo. Tenías que alejarte varios metros de algunos cuadros para poder contemplarlos sin brillos, algo imposible en ocasiones por la presencia de otras obras en el medio de la sala o por una pared cercana. Desde esa distancia, ya no se podían apreciar los detalles de la pintura, pero si te acercabas para ver algo concreto perdías totalmente el conjunto. No había un término medio. 

Nos resultó tan frustrante ese defecto de iluminación que llegamos a comunicarlo al museo a través de un tuit, respondiéndonos sus responsables que se estaba trabajando en mejorar el sistema de iluminación general de todas las salas, sustituyendo las lámparas halógenas por tecnología led. Aún así, yo creo que cerrando algunas ventanas y controlando la luz natural que entra por ellas se podría solucionar ese problema en la mayoría de los cuadros afectados.

Real Academia de la Lengua y San Jerónimo desde los aledaños de El Prado
Pictóricamente hablando, no disfrutamos realmente de ninguna obra hasta llegar a "El jardín de las Delicias" de El Bosco. El tríptico nos dejó fascinados tanto por su detalle como por la temática, pudiendo apreciar en directo escenas y colores que realmente hacen a este cuadro merecedor de su fama. Nuestro placer continuó por la serie negra de Goya pero no alcanzó su clímax hasta llegar a Velázquez. La perfección hecha cuadro se llama "Las meninas". Visto desde cualquier ángulo, de lejos o de cerca, ese lienzo es una auténtica maravilla, un éxtasis para cualquier amante del arte. 

En general, los trabajos de Velázquez son el reclamo principal del museo y, todo hay que decirlo, con justo merecimiento porque la visita al Prado merece la pena sólo por ver una decena de las 48 obras suyas que allí se exponen. Tiziano, Tintoretto, Caravaggio, Rembrandt, Rubens, Goya, Murillo o El Greco conforman los nombres más destacados del resto de las galerías. El museo no tiene apenas nada más allá del s.XIX, puesto que sus exposiciones se limitan en gran parte a la Colección Real y a cuadros de corte religioso y retratos nobles encargados por los distintos linajes de gobernantes de la época.

Al final de la visita, ya resulta un poco agotador ver tanto retrato del mismo rey, conde o duque de pie, a caballo, sentado o con su familia, pero no deja de ser una importante representación pictórica de la España más real y sus dinastías. No es un museo tan completo como puede ser la National Gallery londinense que visitamos el año pasado, que tiene al menos una obra de cada autor o corriente destacable, pero sin duda El Prado es una visita obligada para cualquier amante del arte.

Mi recomendación al respecto es que, si no se es un gran entendido en la pintura religiosa italiana o los cuadros de la Corte del barroco español, la visita se realice en el espacio de dos horas gratuito que ofrece el museo todos los días entre las 18.00 y las 20.00 h. o los domingos por las tardes, justo antes del cierre de puertas. En ese tiempo se pueden ver casi todas las obras conocidas que alberga el museo, entre las que se encuentran "El jardín de las delicias" de El Bosco, "El caballero de la mano en el pecho" de El Greco, "Las tres Gracias" de Rubens, "Los fusilamientos del 3 de mayo" y las "Majas" de Goya (la vestida y la desnuda, mucho más bonita esta última para mi gusto), y todos los grandes cuadros de Velázquez, además de alguna otra obra destacada de otros autores.

Coincidiendo con nuestra visita, el museo exponía también una colección temporal de cuadros de Picasso procedentes del Museo de Arte de Basilea, bajo el nombre 10 Picassos del Kurtmuseum Basel. Los cuadros estaban situados en uno de los pasillos centrales del edificio, flanqueados por lienzos clásicos de gran formato. Desde mi punto de vista deberían haber dedicado una sala exclusiva a estas obras, a todas luces fuera de lugar tanto en estilo como en época. De todos modos, tampoco se trataba de los cuadros más destacados de su autor, sino de una selección más bien modesta de su obra.

Comida en el Café Prado
Hablando de otras cuestiones, nos vimos obligados a comer en el Café Prado, la única cafetería-restaurante que hay en el museo. Puesto que a mediodía aún no habíamos terminado la visita y no se permite la entrada al recinto con ningún tipo de comida ni bebida del exterior, como ya señalé más arriba, nos dirigimos hacia allí como otras decenas de visitantes para proceder a recuperar fuerzas. El menú del restaurante nos pareció limitado y caro; había unas cinco opciones de platos fríos y alrededor de seis o siete calientes, cuyos precios oscilaban entre los 4 euros de una taza de gazpacho (que podéis ver en la foto) y los 10-12 € de un plato de carne o pescado, guarnición aparte.

Como teníamos que comer algo para no desfallecer elegimos platos fríos, más baratos y acordes a la temperatura madrileña. Por lo que veis en la foto de arriba (un cuenco de gazpacho, dos cuencos de ensalada fría de patatas, cebolla y bacon - a la mía le añadieron, tras insistir un poco, mitad de tabulé de verduras que tenía el mismo precio - una chapata pequeña y un botellín de agua de 50 cl.) nos cobraron 17,45 €. No parecería tan caro si la comida estuviera buena, pero la ensalada no eran más que patatas y el cous-cous estaba totalmente insípido. Todo en general era menos que pasable en cuanto a su calidad y sabor e incluso el pan era malo. Además, nos quedamos con hambre, así que si alguna vez visitáis el museo no os recomiendo en absoluto que comáis allí, si podéis evitarlo. 

También echamos un vistazo en las tiendas de El Prado que, como en casi todos los museos del mundo, tienen souvenirs y recuerdos con copias de las obras que exponen a precios desmesurados. Lo único que me llamó realmente la atención (y que estaba dispuesta a pagar) fue un Playmobil del pintor y grabador alemán Alberto Durero, representando su famoso "Autorretrato", que se expone en la galería de pintura alemana del museo. Su precio era de 4 euros, que me pareció incluso razonable dentro del universo de bolígrafos a 3 euros y libretas a 12.

Mi Playmobil de Durero
Y tras una visita un poco decepcionante aunque equilibrada por la contemplación de algunas obras de arte inigualables e irrepetibles, nos volvimos al hostal para descansar un poco y salir a cenar después con unos amigos por la zona de Lavapiés. De camino hicimos una foto a otra de las fuentes más emblemáticas de Madrid después de la de Cibeles, la de Neptuno, situada en pleno Paseo del Prado.


Fuente de Neptuno
* (Haz click en las imágenes para ampliar)

** (continuará...)

sábado, 17 de octubre de 2015

Madrid (I)

Volando de Tenerife a Madrid
Después del dispendio de Londres del año pasado, en este 2015 nuestro presupuesto para viajes está bastante más limitado. La idea inicial era hacer un viaje internacional en este mes de octubre, pero como las previsiones laborales aún no son todo lo buenas que desearíamos decidimos aplazarlo. Aún así, a principios del pasado mes de julio quisimos aprovechar una semana de vacaciones y realizar una pequeña escapada cultural a Madrid. Bueno, más bien me emperré con este viaje y quería celebrar mi cumpleaños en la capital, porque yo lo valgo y tal :P

Compramos los pasajes con distintas compañías, unas tres semanas antes del viaje. La ida la realizamos desde el aeropuerto de Tenerife Norte con RyanAir (unos 40 euros por persona) y la vuelta con Iberia también al norte, pagando una parte de los pasajes con avios (puntos que acumulas volando con ellos en el programa Iberia Plus) y algo más de 25 euros en metálico por cada billete. El desembolso fue bastante razonable, sobre todo teniendo en cuenta que cogimos buenos horarios de vuelo y estábamos en pleno inicio de las vacaciones estivales.

Plaza de Cibeles
Cogimos un autobús para desplazarnos desde el aeropuerto de Barajas hasta el centro de la ciudad. La línea 203 realiza sólo paradas en las terminales del aeropuerto, en Cibeles (donde nos bajamos nosotros) y en la estación de Atocha. El viaje dura unos 40 minutos y cuesta 5 euros. 

La cuestión del alojamiento nos tuvo un poco en vilo hasta días antes del viaje. A pesar de tener algunos amigos en Madrid y haber casi confirmado la estancia en casa de uno de ellos durante nuestra visita, finalmente no pudo ser y tuvimos que reservar un hostal a última hora. No queríamos invertir en el alojamiento más de lo necesario puesto que nuestra intención, como siempre, era utilizarlo básicamente para asearnos y dormir. Pedimos consejo aquí y allá acerca de establecimientos baratos, limpios y tranquilos cerca de la zona por la que queríamos pasar más tiempo, que era la de los museos.

El ascensor del edificio del hostal... miedito!
Finalmente, de entre los que tenían disponibilidad y se ajustaban al precio que buscábamos, nos decidimos por el Hostal Dulcinea, en el Barrio de las Letras. Reservamos una habitación doble con baño propio, que era uno de nuestros requisitos imprescindibles, y aire acondicionado (algo que finalmente también se reveló imprescindible, ya que pillamos Madrid en plena ola de calor). Pagamos unos 40 euros por noche en la opción de sólo alojamiento y reservamos cuatro noches. Hay que decir que el sitio cumplió nuestras expectativas, a pesar de que regular adecuadamente la temperatura del agua de la ducha fue una ardua tarea que no llegamos a dominar en ningún momento. Por lo demás, la cama resultó muy cómoda (sobre todo el colchón; para mí la almohada resultaba demasiado alta y rígida y tuve que quitarla, pero suele pasarme en bastantes sitios y ya estoy acostumbrada a dormir sin almohada) y el hostal en sí tranquilo. 

La ubicación del hostal era inmejorable para las visitas que queríamos efectuar y el personal fue correcto en todo momento, así como la limpieza diaria rápida y esmerada de la habitación. Teniendo una cafetería justo al lado del portal, tampoco echamos de menos el desayuno incluido y pudimos tomar café casi recién levantados para espabilarnos. Los precios acordes a la capital se compensaron con un muy buen trato por parte del dueño del bar. Con sus chocolates, jugos de naranja, sándwiches y tostadas cogimos muchas energías para cada uno de los agotadores días que nos esperaban.

Plaza Mayor
Nuestra primera jornada fue corta pero intensa. Llegamos al hostal a mediodía y aprovechamos la tarde para dar un primer paseo por los alrededores. Google Maps en mano, fijamos nuestro punto de partida y caminamos por las callejuelas repletas de historia del Barrio de las Letras hasta llegar a la Plaza Mayor, un poco deslucida por estar una parte en obras. Casi al lado está el Mercado de San Miguel, un edificio de principios del siglo pasado que se ha convertido en un espacio gourmet que aúna el ocio y la gastronomía de temporada. Existen varias iniciativas de este tipo en otras ciudades y se han hecho muy populares sobre todo entre el turismo, a pesar de que sus ofertas culinarias no son aptas para todos los bolsillos.

Teatro Real
Siguiendo con nuestro paseo por la calle Mayor, desembocamos al final en la Plaza de Oriente, lugar emblemático y símbolo del Madrid más noble. Allí, en unos pocos metros, está el Teatro Real, la Catedral de La Almudena, el Palacio Real y, colindantes, los Jardines de Sabatini. Todo un chute de arquitectura, arte e historia a partes iguales. Aunque el palacio y la catedral no estaban abiertos, sí pudimos dar un paseo por los Jardines de Sabatini, nada espectacular en cuanto a su flora y vegetación, pero que con el edificio del imponente palacio al fondo sí que hacen una bonita postal.

Plaza de Oriente y Palacio Real
Estatua de Felipe IV en la Plaza de Oriente
Palacio Real desde los Jardines de Sabatini
Catedral de La Almudena
Desde allí nos dimos un salto hasta la Plaza del Callao y subimos por la famosa calle Preciados, centro neurálgico del comercio madrileño. Ni Exseminarista Ye-ye ni yo somos adictos a las compras de moda, así que estas zonas tampoco tienen demasiado interés para nosotros cuando viajamos. No entramos en la FNAC porque entonces igual sí que no salimos, entre libros, películas y tecnología, pero por lo demás, una visita obligada sin más detalle. Mucho calor y mucha gente por todas partes a pesar de ser un martes a media tarde.

Plaza del Callao
Calle Preciados
Desembocamos, como no podía ser de otro modo, en la Puerta del Sol, con su Ayuntamiento, su kilómetro Cero y su Oso y Madroño. Realmente no pensábamos que la luz nos fuera a dar para ver tanto en apenas unas horas, pero Madrid se camina muy bien y al final y sin apurar mucho hicimos una completa ruta. La idea era volver por allí otro día con más calma si nos daba tiempo.

Estatua del Oso y el Madroño
Nuestro (mi) antojo de bienvenida a la capital era un bocadillo de calamares, pero como los dos sitios que nos recomendaron estaban cerrados tuvimos que elegir otro bar, aledaño a la Plaza Mayor. El bocadillo que pedimos no estaba espectacular, más bien era todo pan, pero el gazpacho inicial de cortesía sí estaba delicioso y fresco, ideal para paliar un poco los 35 grados de media que habíamos tenido durante la jornada y que nos acompañarían hasta regresar a las islas.

* (Haz click en las imágenes para ampliar)

** (continuará...)

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